Vaga extraviada en la espesura de un bosque poblado con densas
ramas en forma de dedos que la agarran en cada paso que arrancan sus tambaleantes
pies. Sufre en cada paso que intenta dar. No avanza, atrapada como la insidia atrapa a la melancolía
en su musgo.
Ella deambula como un fantasma soñando en una cama blanca de
dulces recuerdos.
Inmisericorde prisionera de una seducción que la arrastra en
espasmos. Se retuerce entre la frondosidad de púas hirientes y venenosas
bebiendo en su río de nidos marcados.
No encuentra el bálsamo de miel de rosas que aliviaba sus
conjeturas. Se ha perdido en
sus instantes. Deambula errante.
Se escucha en la lejana profundidad un sonido punzante que
intriga su memoria. Le hace recordar que suspira en un medio día hundido. Sin
fuego, sin miedo, sin pulso. Se hace noche y en ella nace el deseo. Primero se
arranca sus ojos. Ciega, de amores y cortejos, sólo vislumbra la crueldad más
efímera en su propia muerte que de ella, lentamente, se va alejando. Ni la
propia muerte la reclama. ¿Quién es ella? Tuvo la misteriosa llave que todo lo
abría: en el cielo y en el erebo.
"Ni la propia muerte la reclama"... Bellísimo e inquietante relato de un Ser atrapado posiblemente en sí mismo, o en algún misterioso e inaccesible lugar. Me fascina cómo narras la historia, porque la intensidad de tus palabras me trasladas a la escena pudiendo palpar ese "musgo". Besos Verso Rojo!
ResponderEliminarLa muerte siempre se rodea de musgo. Es la capa sobre la que descansa. El musgo es tan suave como superficial. Gracias por tu lectura y tu comentario. Besos
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