martes, 16 de enero de 2018

Atrapada en el cristal

Vaga extraviada en la espesura de un bosque poblado con densas ramas en forma de dedos que la agarran en cada paso que arrancan sus tambaleantes pies. Sufre en cada paso que intenta dar. No avanza,  atrapada como la insidia atrapa a la melancolía en su musgo.
Ella deambula como un fantasma soñando en una cama blanca de dulces recuerdos.
Inmisericorde prisionera de una seducción que la arrastra en espasmos. Se retuerce entre la frondosidad de púas hirientes y venenosas bebiendo en su río de nidos marcados.
No encuentra el bálsamo de miel de rosas que aliviaba sus conjeturas. Se ha perdido en sus instantes. Deambula errante.
Se escucha en la lejana profundidad un sonido punzante que intriga su memoria. Le hace recordar que suspira en un medio día hundido. Sin fuego, sin miedo, sin pulso. Se hace noche y en ella nace el deseo. Primero se arranca sus ojos. Ciega, de amores y cortejos, sólo vislumbra la crueldad más efímera en su propia muerte que de ella, lentamente, se va alejando. Ni la propia muerte la reclama. ¿Quién es ella? Tuvo la misteriosa llave que todo lo abría: en el cielo y en el erebo.

2 comentarios:

  1. "Ni la propia muerte la reclama"... Bellísimo e inquietante relato de un Ser atrapado posiblemente en sí mismo, o en algún misterioso e inaccesible lugar. Me fascina cómo narras la historia, porque la intensidad de tus palabras me trasladas a la escena pudiendo palpar ese "musgo". Besos Verso Rojo!

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  2. La muerte siempre se rodea de musgo. Es la capa sobre la que descansa. El musgo es tan suave como superficial. Gracias por tu lectura y tu comentario. Besos

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